Los de alma bonita
Siempre he sentido que los animales me encuentran, como si llevara en mí una calma que ellos reconocen. No necesito llamarlos; simplemente se acercan, me miran, y en ese silencio sin palabras hay una confianza antigua, una comprensión que no se aprende, se siente.
Dicen que los animales siempre saben quién les hará daño y quién no, y tal vez por eso llegan a mí sin miedo, como si entendieran que mi alma no busca dominar, sino acompañar. Hay algo sagrado en su presencia: una verdad pura, sin máscaras, sin juicios.
A veces pienso que ellos ven más allá de lo que los ojos humanos alcanzan, que perciben la intención, la energía, el corazón desnudo. Y en cada encuentro, en cada mirada compartida, me recuerdan lo esencial: que la bondad no necesita palabras, que el cariño no exige nada, y que la naturaleza siempre reconoce a quien la respeta.

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